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El guardavía

Gelesen von Alba

(4,042 Sterne; 12 Bewertungen)

 

Página 2

Puntual con mi cita, la noche siguiente puse el pie en la primera hendidura del zigzagueante camino cuando los relojes daban las once. Me esperaba allá en el fondo, con su linterna encendida.

–No le he avisado –dije, cuando estuvimos más cerca–. ¿Puedo hablar ahora?

–Por supuesto, señor.

–En ese caso, buenas noches, y aquí está mi mano.

–Buenas noches, señor. Aquí está la mía.

Tras esto, caminamos, uno al lado del otro, hasta la caseta; entramos, cerró la puerta y nos sentamos junto al fuego.

–Ya me he decidido, señor –comenzó inclinándose, en cuanto nos hubimos instalado, y habló en un tono que era poco más que un susurro–. No tendrá que preguntarme por segunda vez qué es lo que me turba. Anoche le tomé por otra persona. Lo que me turba es precisamente eso.

–¿Esa confusión?

–No. Esa otra persona.

–¿Quién es?

–No lo sé.

–¿Es como yo?

–No lo sé. Nunca he visto su cara. El brazo izquierdo le cubre el rostro y agita el derecho. Lo agita violentamente. Así.

Seguí sus indicaciones con la mirada, mientras movía un brazo como queriendo dar a entender con la mayor pasión y vehemencia: «Por el amor de Dios, despejen el camino.»

–Una noche de luna llena –me dijo el hombre– estaba sentado aquí, cuando oí una voz que gritaba «¡Eh! ¡ahí abajo!.» Me levanté de un salto, miré desde la puerta y vi a esa otra Persona junto a la luz roja que hay cerca de la boca del túnel, haciendo gestos como le acabo de enseñar. La voz parecía ronca de tanto gritar, y chillaba: «¡Cuidado!, ¡cuidado!», y de nuevo: «¡Eh!, ahí abajo!, ¡cuidado!» Cogí mi linterna, la puse en rojo y corrí hacia la figura, gritándole: «¿Qué va mal?, ¿qué ha pasado?, ¿dónde?» Estaba de pie justo en la boca de la negrura del túnel. Me acerqué tanto a él que me pareció extraño que siguiera cubriéndose los ojos con el brazo. Corrí directamente hacia él, alargando la mano para coger su brazo, pero había desaparecido.

–Dentro del túnel –dije yo.

–No. Recorrí el interior del túnel, unas quinientas yardas. Me detuve y, con la linterna sobre mi cabeza, vi las señales que miden las distancias, las manchas de humedad que penetran las paredes y gotean desde la bóveda. Salí corriendo, más rápido que cuando entré (es que aborrezco a muerte ese lugar), miré alrededor alumbrándome con mi propia luz roja, y subí por la escalera de hierro que lleva a la galería que hay justo encima, bajé y regresé corriendo aquí. Telegrafié en ambas direcciones: «Se ha recibido una alarma. ¿Algo va mal?» De las dos direcciones llegó la misma respuesta: «Todo bien.»

Resistiéndome a la leve sensación de que un dedo helado rozaba mi espina dorsal, le expliqué que aquella figura había debido ser una mala pasada de su sentido visual, y que se sabía que tales figuras, originadas por desarreglos de los delicados nervios que administran las funciones del ojo, turbaban con frecuencia a enfermos, algunos de los cuales habían llegado a ser conscientes de la naturaleza de sus males e incluso la habían demostrado mediante experimentos con ellos mismos.

–En cuanto a un grito imaginario –añadí–, ¡escuche por un momento el viento de este extraño valle mientras hablamos tan bajo y los disparatados sonidos de arpa que arranca a los cables telegráficos!

Todo estaba muy bien, replicó, tras haber estado ambos escuchando durante un rato (y él debía saber bastante sobre el viento y los cables, ya que era quien pasaba largas noches de invierno ahí, solo y expectante). Pero me rogó que me diese cuenta de que no había terminado.

Le pedí perdón y, tocándome el brazo, añadió estas palabras:

–No habían pasado seis horas de la aparición, cuando se produjo el accidente de esta línea, ni habían pasado diez cuando los muertos y heridos fueron sacados a través del túnel por el lugar en el que había estado la figura.

Me recorrió un desagradable escalofrío. No podía negarse, repuse, que había sido una coincidencia notable, lo bastante profunda como para impresionar su mente. Pero no hay duda de que coincidencias tan notables ocurren de continuo y deben tenerse en consideración al tratar estos temas. Aunque, sin duda, debía admitir, añadí (viendo que estaba a punto de refutar mis objeciones), que las personas con sentido común no dejan mucho espacio para coincidencias en los cálculos ordinarios de la vida.

De nuevo me hizo saber que me diese cuenta de que no había terminado.

Y de nuevo le pedí perdón por mis involuntarias interrupciones.

–Esto –dijo, apoyando una vez más su mano en mi brazo y mirando por encima del hombro con ojos hundidos– fue exactamente hace un año. Pasaron seis o siete meses, y ya me había recuperado de la sorpresa e impresión, cuando una mañana, al romper el día, me encontraba junto a la puerta, miré hacia la luz roja y volví a ver al espectro.

Se detuvo mirándome fijamente.

–¿Gritó?

–No. Guardó silencio.

–¿Movía el brazo?

–No. Estaba apoyado contra el poste de la luz roja, con las dos manos cubriéndole el rostro. Así.

Una vez más observé su gesto. Y fue un gesto de dolor. He visto actitudes similares en las estatuas que se encuentran sobre algunas tumbas.

–¿Se acercó a él?

–No. Entré en mi caseta y me senté; en parte para ordenar mis pensamientos, en parte porque había quedado desfallecido. Cuando volví a salir a la puerta, la luz del día estaba sobre mí y el fantasma se había ido.

–Pero, ¿no pasó nada más?, ¿no ocurrió algo después?

Me tocó el brazo con el dedo índice dos o tres veces, asintiendo lúgubremente con la cabeza.

–Ese mismo día, cuando un tren salía del túnel, advertí en una ventanilla que daba a mi lado algo que me pareció un amasijo de cabezas y manos y una especie de gesto. Vi aquello justo a tiempo para hacerle al conductor la señal de «¡Pare!» Cortó el circuito y puso el freno, pero el tren aún se deslizó ciento cincuenta yardas o más. Corrí tras él y, mientras lo hacía, oí unos llantos y gritos terribles. Una bella joven había muerto repentinamente en uno de los compartimentos y la trajeron aquí; yacía en este mismo suelo, aquí donde estamos nosotros.

Aparté mi silla involuntariamente, miré las tablas que señalaba y luego le miré a él.

–Cierto, señor, cierto. Se lo cuento tal y como sucedió.

No se me ocurrió nada que decir en ningún sentido, y se me había quedado la boca absolutamente seca. El viento y los cables prolongaban la historia en un largo lamento desolado.

El retomó la palabra:

–Ahora, señor, fíjese en esto y juzgue hasta qué punto se halla turbado mi espíritu. El espectro volvió hace una semana. Desde entonces ha estado aquí, una y otra vez, a intervalos.

–¿Junto a la luz?

Junto a la luz de peligro.

–Y ¿qué diría que hace?

Repitió, aún con mayor pasión y vehemencia, si es que es posible, los anteriores gestos de «¡Por Dios, despejen la vía!»

–No tengo paz ni descanso. Me llama durante varios minutos seguidos, de una manera agonizante: «Ahí abajo, ¡cuidado!, ¡cuidado!» Se queda de pie, gesticulando, y hace sonar mi campanilla...

Me agarré de esto:

–¿Hizo sonar su campanilla anoche, mientras yo estaba aquí, y usted salió a la puerta?

–En dos ocasiones.

–Bien, observe –dije yo– cómo le engaña su imaginación. Tuve mis ojos clavados en la campanilla y mis oídos bien despiertos, y tan cierto como que estoy vivo, en aquellos momentos no sonó. No. Y tampoco lo hizo en ninguna otra ocasión, si exceptuamos cuando funcionó debido al curso normal del trabajo, al comunicar la estación con usted.

Movió la cabeza:

–No he tenido, aún, ninguna confusión a este respecto, señor. Nunca he confundido el sonido espectral de la campanilla con el humano. El sonido del fantasma es una extraña vibración de la campana, que no proviene de fenómeno alguno, y no he afirmado que la campana se mueva visiblemente. No me sorprende que usted no la haya oído. Pero yo sí la oí.

–¿Y le pareció ver al espectro allí, cuando salió a mirar?

–Estaba allí.

–¿En ambas ocasiones?

Dijo firmemente:

–En ambas ocasiones.

–¿Quiere acercarse a la puerta conmigo y observar ahora?

Se mordió el labio inferior mostrando cierta desgana, pero se levantó. Abrí la puerta y me quedé en el escalón, mientras él permanecía en el umbral. Allí estaba la luz de peligro. Allí estaba la tenebrosa boca del túnel. Allí estaban los altos muros de piedra del precipicio. Allí estaban, sobre todo, las estrellas.

–¿Lo ve? –le pregunté, prestando especial atención a su rostro.

Tenía los ojos fijos y en tensión, pero quizá no mucho más que los míos cuando los dirigía impacientemente hacia el mismo punto.

–No –respondió–, no está ahí.

–De acuerdo –le dije.

Entramos de nuevo, cerramos la puerta y volvimos a nuestros asientos. Estaba pensando en la mejor forma de aprovechar esta ventaja, si es que se la podía considerar como tal, cuando él retomó el tema de una forma tan absolutamente natural, dando por supuesto que no podía haber entre nosotros serias divergencias respecto a los hechos, que me sentí en una situación de lo más impotente.

–A estas alturas, señor, ya habrá comprendido perfectamente –dijo– que lo que me angustia tan profundamente es lo siguiente: ¿qué quiere decirme el espectro?

Le contesté que no estaba seguro de haber comprendido perfectamente.

–¿Contra qué me previene? –dijo meditabundo, con sus ojos clavados en el fuego y volviéndose hacia mí sólo de vez en cuando–, ¿cuál es el peligro? Hay un peligro en el aire, flotando sobre algún lugar de la línea. Una horrible calamidad va a suceder. En esta ocasión no cabe la menor duda. Es una obsesión para mí. ¿Qué puedo hacer?

Sacó su pañuelo y se secó las gotas de sudor de su frente acalorada.

–Si telegrafío «peligro» en una dirección de la línea, o en ambas, no tengo prueba alguna que aportar –siguió, secándose las palmas de las manos–. Probablemente me meta en problemas y no obre bien. Podrían pensar que estoy loco. Tendría que actuar de esta manera: Mensaje: «Peligro. Tomen precauciones.» Respuesta: «¿Qué peligro?, ¿dónde?» Mensaje: «No lo sé, pero por el amor de Dios, tomen precauciones.» Me despedirían. ¿Qué otra cosa podrían hacer?

Era muy triste contemplar el tormento de su espíritu, la tortura mental de un hombre consciente, sometido a la angustia insoportable de una vida intrincada en una responsabilidad que escapaba a su inteligencia.

–Cuando apareció el espectro por primera vez junto a la luz roja –continuó echando hacia atrás su cabello oscuro y frotándose las sienes con las manos una y otra vez, en el extremo de una angustia febril–, ¿por qué no me dijo dónde sucedería el accidente, si tenía que suceder?, ¿por qué la segunda vez que vino ocultaba su rostro?, ¿por qué, en lugar de eso, no me dijo: «Ella va a morir. Que la dejen en casa». Si en estas dos ocasiones vino tan sólo para demostrarme que sus advertencias eran ciertas y prepararme para esta tercera, ¿por qué no me avisa llanamente ahora? Y yo... ¡que el Señor me ayude! Un pobre guardavía en su solitaria estación, ¿por qué no he acudido a alguien digno de crédito y que pueda hacer algo?

Al verle en semejante estado me di cuenta de que, tanto para el bien del pobre hombre como para la seguridad pública, lo que tenía que hacer, de momento, era apaciguar su mente. Por lo tanto, dejé a un lado todas las cuestiones sobre la realidad o la irrealidad y le hice observar que si un hombre cumplía con su deber estrictamente, hacía bien, y que le quedaba la satisfacción de haber entendido lo que era su obligación, aunque no alcanzase a comprender el significado de esas confusas Apariciones. En este esfuerzo tuve un éxito mayor que en los intentos de hacerle desistir de sus convicciones. Empezó a calmarse, las ocupaciones propias de su puesto, como la noche anterior, comenzaron a requerir su atención por más tiempo, y le dejé a las dos de la madrugada. Le había ofrecido quedarme toda la noche, pero no quiso ni oír hablar de ello.

(0 hr 20 min)

Este libro pertenece a la colecciòn Alba Learning.

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El guardavía

20:52

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El guardavía

21:54

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El guardavía

9:29

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añgo lento

(3 Sterne)

lindo cuento corto. bien leido peeo algo lento.